Lo único que no sentía
ajeno a mí eran los oídos ardiendo a cada lado de mi cabeza. El resto, un
esfumatto panorámico de cosas inexplicables. Sentada en ese pequeño antro, aparte del poco
equilibrio, solo sentía vibraciones incesantes en mi bolsillo. Eran mensajes
del celular: “¿te encuentras bien?”, “No andas pensando nada malo, ¿cierto?”
Tonterías que transformaban la noche un poco más monótona y desagradable.
Trataba de concentrarme en el bar, en sus texturas y colores. Pero era casi
imposible. En esto, logro sentir y reconocer una mujer cerca de mí. De ojos
desorbitados y espasmódica.
––Disculpa… Necesito que me ayudes–– rió estruendosa ––no logro sentir
nada y poco puedo ver; todo se sobrepone y se encoge ante mis ojos. Siento que
me estoy aferrando a algo pero no lo veo. Quizás debería contarte por qué estoy
así…
Se interrumpió. No quise
reflejar su mediocridad en mi reacción, dejé que siguiera hablando mientras
intentaba concentrarme en las formas.
––Andaba molesta y frustrada, por eso me fui con todos. Inhalé en un
monte olvidado y custodiado por una fábrica cromada hasta que me olvidé de
todo. Ni siquiera recuerdo cuántas rondas fumé. Nos fuimos al carro y bajamos,
dando vueltas mareadas por una serpiente de cemento. Pero ahora ando en este
lugar… ¿sabes cómo llegué aquí? –– Me miró con cara
burlesca. ¿Perdida, extasiada? Qué expresión tan mórbida estaba viendo. Solo
pude responder con media sonrisa, indicando lo poco que sabía y me importaba.
Me volví dejándola sola
con su expresión excitada y cerré los ojos sentada en el taburete. En lo que
abro de nuevo los ojos, estoy aferrada al brazo de Raúl y mis piernas azoradas
parecían poseídas bajo la sombra. El equilibrio se me había sido arrebatado. No
había norte; y era el mundo contra mí separado por una pared de cristal.
Estábamos en el carro, dando vueltas bajando la montaña. Volví a sentir
vibraciones en el bolsillo con lo que había un mensaje nuevo: “Anna, por favor
contesta, ¿te encuentras bien?”
A este mensaje Lo único que no sentía
ajeno a mí eran los oídos ardiendo a cada lado de mi cabeza. El resto, un
esfumatto panorámico de cosas inexplicables. Sentada en ese pequeño antro, aparte del poco
equilibrio, solo sentía vibraciones incesantes en mi bolsillo. Eran mensajes
del celular: “¿te encuentras bien?”, “No andas pensando nada malo, ¿cierto?”
Tonterías que transformaban la noche un poco más monótona y desagradable.
Trataba de concentrarme en el bar, en sus texturas y colores. Pero era casi
imposible. En esto, logro sentir y reconocer una mujer cerca de mí. De ojos
desorbitados y espasmódica.
––Disculpa… Necesito que me ayudes–– rió estruendosa ––no logro sentir
nada y poco puedo ver; todo se sobrepone y se encoge ante mis ojos. Siento que
me estoy aferrando a algo pero no lo veo. Quizás debería contarte por qué estoy
así…
Se interrumpió. No quise
reflejar su mediocridad en mi reacción, dejé que siguiera hablando mientras
intentaba concentrarme en las formas.
––Andaba molesta y frustrada, por eso me fui con todos. Inhalé en un
monte olvidado y custodiado por una fábrica cromada hasta que me olvidé de
todo. Ni siquiera recuerdo cuántas rondas fumé. Nos fuimos al carro y bajamos,
dando vueltas mareadas por una serpiente de cemento. Pero ahora ando en este
lugar… ¿sabes cómo llegué aquí? –– Me miró con cara
burlesca. ¿Perdida, extasiada? Qué expresión tan mórbida estaba viendo. Solo
pude responder con media sonrisa, indicando lo poco que sabía y me importaba.
Me volví dejándola sola
con su expresión excitada y cerré los ojos sentada en el taburete. En lo que
abro de nuevo los ojos, estoy aferrada al brazo de Raúl y mis piernas azoradas
parecían poseídas bajo la sombra. El equilibrio se me había sido arrebatado. No
había norte; y era el mundo contra mí separado por una pared de cristal.
Estábamos en el carro, dando vueltas bajando la montaña. Volví a sentir
vibraciones en el bolsillo con lo que había un mensaje nuevo: “Anna, por favor
contesta, ¿te encuentras bien?”
A este mensaje sí quería responder. El THC se disolvía por mis músculos y el bar solo quedaba en mi mente. Contesté que más nunca haría esto, y con temor de la viveza de mi estadía en un lugar ficticio en la mente, me aferré con más fuerza a lo único que parecía estable: el brazo a mi lado.


