Wednesday, 28 March 2012

El Tamborín



Perdido dentro del tamborín, donde tu alma se hiere con cada salto. ¿Qué queda de tu sanidad? Ésta marchó tras un delirio y fue huyendo cada vez que golpeteaban el parche, estrechando las tablas de abedul en la caja. No encuentras una manera de salir de este lugar, donde no hay más que tus vicios.

Solo tus culpas, ¿acaso se encuentra un hombre adentro? Quizás solo es la resonancia de de un cuerpo que una vez razonó. El eco de un ser que no encontró salida. Las tablas respiran y crujen, dejando escapar el terror y los gritos de ese vestigio humano. Esta reducida y devanada alma podría absolverse. Incluso cuando su existencia solo es conformada por el abandono y la oscuridad, ¿podría ésta mantener algún recuerdo de luz o pureza? La dificultad de lograr comprender estas cosas reside en que la única forma de saberlo es liberándola de su yugo y dejarla volar por donde fue suprimida y excluida. Dejarla cubrir cada grano de tierra, saborear los innúmeros mares, admirar cada estrella del Universo... de ser así, esta alma hueca estaría en paz por -quizás- primera vez. No importa si luego de todo esto cosas como la locura, euforia o demencia vuelven a desarrollarse en su conciencia. Le sería tan poderoso sentirse completo de nuevo.

Las heridas ya no amordazarían su piel, serían curadas. Ya no estaría solo, sino rodeado de luz. La suspensión de este eco se convertiría en un hombre renovado. Alguien que puede percibir el balance del Mundo, quien puede sentir un corazón latente y una mente bombeante; con sangre hirviendo y expandiéndose por sus venas. Consciente de la carne.

El ser consciente y poder reconocer y catalogar. Tener tantas opciones y decisiones sobre sus manos. Poder escoger de nuevo entre infinitas cosas. ¿No era ése el problema que trajo todo? El escoger entre personas y cosas, el tener una opinión característica, el escoger bandos y, por último, el sentir culpabilidad. ¡De vuelta al tamborín! Las heridas reaparecen marcadas por la melodía, el dolor y el abandono se ahíncan a cada golpe.

Este ser nunca podría olvidar su traición. Traición a cualquiera en que la haya dirigido; sin eludir la propia. ¡Olvídense de la absolución, de vuelta al encierro! La incapacidad de olvidar, no de las personas, sino de sí mismo, es la que lo lleva a la locura. El ciclo que siempre terminará con el frenesí de un tambor y los gritos de vestigios humanos que una vez fueron hombres respetables.

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