Un hombre bronco, decrépito en
su madurez, barría las playas mediterráneas observando impávido el baile de la
espuma del mar en la arena. Con palabras escuetas pronunciaba: Recuerdo tus moserías
perennes, tus coqueteos de mujer experta; así el viejo ominaba sin ser visto o escuchado por nadie. Este hombre recordaba
muchas cosas, pero muy pocas podía dejar de omitir. Sin vaguedades, revivía esos interminables siglos en la
cristalina y acuosa existencia en donde se vive rodeado de bestias; el tambaleo
omnipotente e interminable del
navío, las vueltas arremolinadas que ocasionaron su demencia; e incluso a
veces, sentía el ominoso vómito en
su garganta, ya desgajada. Esto recordaba, pero todo era a base de sensaciones
imprecisas. No recordaba sonidos, texturas ni olores. Solo una imagen
resguardaba en su mente como fin último de su viaje y se acurrucaba en él omnímodamente.
Era aquella que vislumbró a
través de la escotilla, justo antes de bajarse del barco: una omnipresencia paralizada en la lejanía.
Ésta había causado todas sus torturas y sus desdichas en alta mar y recién
estaba escapando de ella. Una ola estática, que nunca dejaba de perturbar el
lecho marino. Un cataclismo que residía encima del agua turbia. El omento del viejo que observaba omiso el mar se hacía añicos con la
imagen. Una vez que logró salir del navío luego de tantos atardeceres, esa ola
que pareció tragarlo por una eternidad, empezó a comerse lo que le quedaba de
vida. Por eso ahora, caminando lejos de la playa y de aquel mar en donde
siempre ve la anomalía; reposa bajo un omero,
omnisapiente de cómo la vida se le
fue de las manos.

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