Wednesday, 28 March 2012

Andorra




Lo único que no sentía ajeno a mí eran los oídos ardiendo a cada lado de mi cabeza. El resto, un esfumatto panorámico de cosas inexplicables.  Sentada en ese pequeño antro, aparte del poco equilibrio, solo sentía vibraciones incesantes en mi bolsillo. Eran mensajes del celular: “¿te encuentras bien?”, “No andas pensando nada malo, ¿cierto?” Tonterías que transformaban la noche un poco más monótona y desagradable. Trataba de concentrarme en el bar, en sus texturas y colores. Pero era casi imposible. En esto, logro sentir y reconocer una mujer cerca de mí. De ojos desorbitados y espasmódica.

––Disculpa… Necesito que me ayudes–– rió estruendosa ––no logro sentir nada y poco puedo ver; todo se sobrepone y se encoge ante mis ojos. Siento que me estoy aferrando a algo pero no lo veo. Quizás debería contarte por qué estoy así…

Se interrumpió. No quise reflejar su mediocridad en mi reacción, dejé que siguiera hablando mientras intentaba concentrarme en las formas.

––Andaba molesta y frustrada, por eso me fui con todos. Inhalé en un monte olvidado y custodiado por una fábrica cromada hasta que me olvidé de todo. Ni siquiera recuerdo cuántas rondas fumé. Nos fuimos al carro y bajamos, dando vueltas mareadas por una serpiente de cemento. Pero ahora ando en este lugar… ¿sabes cómo llegué aquí? –– Me miró con cara burlesca. ¿Perdida, extasiada? Qué expresión tan mórbida estaba viendo. Solo pude responder con media sonrisa, indicando lo poco que sabía y me importaba.

Me volví dejándola sola con su expresión excitada y cerré los ojos sentada en el taburete. En lo que abro de nuevo los ojos, estoy aferrada al brazo de Raúl y mis piernas azoradas parecían poseídas bajo la sombra. El equilibrio se me había sido arrebatado. No había norte; y era el mundo contra mí separado por una pared de cristal. Estábamos en el carro, dando vueltas bajando la montaña. Volví a sentir vibraciones en el bolsillo con lo que había un mensaje nuevo: “Anna, por favor contesta, ¿te encuentras bien?”
A este mensaje Lo único que no sentía ajeno a mí eran los oídos ardiendo a cada lado de mi cabeza. El resto, un esfumatto panorámico de cosas inexplicables.  Sentada en ese pequeño antro, aparte del poco equilibrio, solo sentía vibraciones incesantes en mi bolsillo. Eran mensajes del celular: “¿te encuentras bien?”, “No andas pensando nada malo, ¿cierto?” Tonterías que transformaban la noche un poco más monótona y desagradable. Trataba de concentrarme en el bar, en sus texturas y colores. Pero era casi imposible. En esto, logro sentir y reconocer una mujer cerca de mí. De ojos desorbitados y espasmódica.

––Disculpa… Necesito que me ayudes–– rió estruendosa ––no logro sentir nada y poco puedo ver; todo se sobrepone y se encoge ante mis ojos. Siento que me estoy aferrando a algo pero no lo veo. Quizás debería contarte por qué estoy así…

Se interrumpió. No quise reflejar su mediocridad en mi reacción, dejé que siguiera hablando mientras intentaba concentrarme en las formas.

––Andaba molesta y frustrada, por eso me fui con todos. Inhalé en un monte olvidado y custodiado por una fábrica cromada hasta que me olvidé de todo. Ni siquiera recuerdo cuántas rondas fumé. Nos fuimos al carro y bajamos, dando vueltas mareadas por una serpiente de cemento. Pero ahora ando en este lugar… ¿sabes cómo llegué aquí? –– Me miró con cara burlesca. ¿Perdida, extasiada? Qué expresión tan mórbida estaba viendo. Solo pude responder con media sonrisa, indicando lo poco que sabía y me importaba.

Me volví dejándola sola con su expresión excitada y cerré los ojos sentada en el taburete. En lo que abro de nuevo los ojos, estoy aferrada al brazo de Raúl y mis piernas azoradas parecían poseídas bajo la sombra. El equilibrio se me había sido arrebatado. No había norte; y era el mundo contra mí separado por una pared de cristal. Estábamos en el carro, dando vueltas bajando la montaña. Volví a sentir vibraciones en el bolsillo con lo que había un mensaje nuevo: “Anna, por favor contesta, ¿te encuentras bien?”
A este mensaje sí quería responder. El THC se disolvía por mis músculos y el bar solo quedaba en mi mente. Contesté que más nunca haría esto, y con temor de la viveza de mi estadía en un lugar ficticio en la mente, me aferré con más fuerza a lo único que parecía estable: el brazo a mi lado.

Lutita




El estruendo de la respiración del gran animal de metal y tuercas despierta a toda la comarca. Las placas chillan y tornillos se zafan y vuelan por todos los niveles. Baro, entre todos, despierta con la dureza en las paredes de la boca. Desliza fugazmente su cuerpo hacia el emplazamiento central, porque, si ese sonido aterrador provenía de las barreras que permitían su invariable existencia, era aquel el único lugar donde podría mantener sus partículas juntas por más tiempo. Al llegar, vio masas conmocionadas reunidas en toda la extensión de la plazoleta quedando relegado a una esquina.

 Reunió toda su viscosidad, en espera. Se mantuvo así por varios minutos, con el rasguño del metal interminable de fondo. Vio a todos los que pertenecían a la comarca; pequeñas porciones que recién se habían formado hace unos pocos días, sin aun mezclarse y expandirse con otra porción. Pobres pequeñas creaturas, no habían tenido el tiempo suficiente para vivir tranquilos.

Los pensamientos de Baro calmaron su angustia, pero en tanto se distrajo con las combinaciones de átomos conocidas, el estruendo incrementó e hizo pasar lo terminante. Placas de hierro cayeron mordaces, siendo parte de lo que era su cielo. Las paredes se desplomaron contra el suelo, desapareciendo los hogares de estas partículas de agua y tierra. El polvo los atacó y los fortaleció, pero luego quedaron vulnerables. Después de todo el estruendo, hubo calma, seguida por rayos de luz silenciosos. Éstos atravesaron a todas las masas sin compasión alguna, atacaron contra su superficie.

Baro cayó en cuenta con las punzadas de dolor. Ya toda la barrera había desaparecido, ahora todos se encontraban bajo el escrutinio y lenta agonía que les provocaba el sol. Todas las partes de su ser se conmocionaron, se fue electrificando toda su masa y las pequeñas partículas imperceptibles de agua fueron secándose con el tiempo. No fue una muerte instantánea. Baro fue sintiendo cada grieta que se habría en su corteza ya dura y su existencia se vio ofuscada por la falta de consistencia. Se cuarteó y endureció como una piedra porosa. Todo esto sucedió en incontables días de sol atroz. Baro mientras trató de mantener su consistencia en lo único que pensó fue en un grandioso eclipse solar. Pero así fue como esta pequeña porción de barro cayó inconsciente bajo los rayos del sol.

Cumulonimbus Marino




Un hombre bronco, decrépito en su madurez, barría las playas mediterráneas observando impávido el baile de la espuma del mar en la arena. Con palabras escuetas pronunciaba: Recuerdo tus moserías perennes, tus coqueteos de mujer experta; así el viejo ominaba sin ser visto o escuchado por nadie. Este hombre recordaba muchas cosas, pero muy pocas podía dejar de omitir. Sin vaguedades, revivía esos interminables siglos en la cristalina y acuosa existencia en donde se vive rodeado de bestias; el tambaleo omnipotente e interminable del navío, las vueltas arremolinadas que ocasionaron su demencia; e incluso a veces, sentía el ominoso vómito en su garganta, ya desgajada. Esto recordaba, pero todo era a base de sensaciones imprecisas. No recordaba sonidos, texturas ni olores. Solo una imagen resguardaba en su mente como fin último de su viaje y se acurrucaba en él omnímodamente.

Era aquella que vislumbró a través de la escotilla, justo antes de bajarse del barco: una omnipresencia paralizada en la lejanía. Ésta había causado todas sus torturas y sus desdichas en alta mar y recién estaba escapando de ella. Una ola estática, que nunca dejaba de perturbar el lecho marino. Un cataclismo que residía encima del agua turbia. El omento del viejo que observaba omiso el mar se hacía añicos con la imagen. Una vez que logró salir del navío luego de tantos atardeceres, esa ola que pareció tragarlo por una eternidad, empezó a comerse lo que le quedaba de vida. Por eso ahora, caminando lejos de la playa y de aquel mar en donde siempre ve la anomalía; reposa bajo un omero, omnisapiente de cómo la vida se le fue de las manos.

El Tamborín



Perdido dentro del tamborín, donde tu alma se hiere con cada salto. ¿Qué queda de tu sanidad? Ésta marchó tras un delirio y fue huyendo cada vez que golpeteaban el parche, estrechando las tablas de abedul en la caja. No encuentras una manera de salir de este lugar, donde no hay más que tus vicios.

Solo tus culpas, ¿acaso se encuentra un hombre adentro? Quizás solo es la resonancia de de un cuerpo que una vez razonó. El eco de un ser que no encontró salida. Las tablas respiran y crujen, dejando escapar el terror y los gritos de ese vestigio humano. Esta reducida y devanada alma podría absolverse. Incluso cuando su existencia solo es conformada por el abandono y la oscuridad, ¿podría ésta mantener algún recuerdo de luz o pureza? La dificultad de lograr comprender estas cosas reside en que la única forma de saberlo es liberándola de su yugo y dejarla volar por donde fue suprimida y excluida. Dejarla cubrir cada grano de tierra, saborear los innúmeros mares, admirar cada estrella del Universo... de ser así, esta alma hueca estaría en paz por -quizás- primera vez. No importa si luego de todo esto cosas como la locura, euforia o demencia vuelven a desarrollarse en su conciencia. Le sería tan poderoso sentirse completo de nuevo.

Las heridas ya no amordazarían su piel, serían curadas. Ya no estaría solo, sino rodeado de luz. La suspensión de este eco se convertiría en un hombre renovado. Alguien que puede percibir el balance del Mundo, quien puede sentir un corazón latente y una mente bombeante; con sangre hirviendo y expandiéndose por sus venas. Consciente de la carne.

El ser consciente y poder reconocer y catalogar. Tener tantas opciones y decisiones sobre sus manos. Poder escoger de nuevo entre infinitas cosas. ¿No era ése el problema que trajo todo? El escoger entre personas y cosas, el tener una opinión característica, el escoger bandos y, por último, el sentir culpabilidad. ¡De vuelta al tamborín! Las heridas reaparecen marcadas por la melodía, el dolor y el abandono se ahíncan a cada golpe.

Este ser nunca podría olvidar su traición. Traición a cualquiera en que la haya dirigido; sin eludir la propia. ¡Olvídense de la absolución, de vuelta al encierro! La incapacidad de olvidar, no de las personas, sino de sí mismo, es la que lo lleva a la locura. El ciclo que siempre terminará con el frenesí de un tambor y los gritos de vestigios humanos que una vez fueron hombres respetables.